
“Mi recomendación es que te des una ducha de agua fría”. Tajante y sin dar tregua a otras aclaraciones, el doctor colgó el teléfono. Intentaba construir una terapia de choque que lograse erigir los cimientos de esperanza que derrota la contienda del desamor. La intención de un suicidio inminente, el castigo de la autodestrucción como peaje obligado del desencanto, retumbaba con eco desgarrador entre las paredes del despacho. Aunque como buen profesional ponía todo su empeño en recapitular la información que le daba su nueva paciente, no podía evitar estremecerse con la conversación que acababa de cortar al otro lado del auricular.
“Siento que una hoguera me abrasa las entrañas. Las yemas de mis dedos, los surcos que se esconden entre las rodillas, la orilla que dibuja mi cuello hasta la nuca… son como un cuerpo incandescente que en cualquier momento puede hacer combustión”. El novio de Estrella, sometida a terapia desde hace más de un año, entraba en casa como cada tarde siguiendo el mismo ritual. Dejaba las llaves del coche, el móvil y el correo en un mínimo cuenco japonés que se encargaba de multiplicar el espejo del recibidor. Con un beso clausuraba la ceremonia. Estrella buscaba con insistencia estrategias para romper el protocolo. Robaba caricias en la entrepierna en cualquier momento del día. Reconstruía escenas de banquetes eróticos en los rincones más insólitos. En una ocasión se levantó a las siete de la mañana para sorprender a su novio en el garaje. Perfumó su piel con un sugerente baño de sales de musk y se puso el albornoz para bajar en el ascensor. Esperó desnuda en el coche, izando los pezones con gotas de hielo granizado, despertando el alba del clítoris con leche de vainilla. Cuando su novio llegó por fin al garaje, tiró bruscamente el albornoz sobre su cuerpo sediento y le sugirió, casi avergonzado, que subiese a casa.
Ésta fue la gota que colmó el vaso. Estrella decidió buscar ayuda profesional para superar lo que consideraba un deseo sexual incontrolable. Sin embargo, la terapia, tal y como había sucedido esta tarde, no era una fórmula infalible. Él había entrado en casa, siguiendo su ritual protocolario, y ella olvidó condenas, concediendo indulto a un apetito sexual insaciable. “Arde hasta el poro más recóndito de mi cuerpo”, explicaba Estrella al doctor por teléfono. El consuelo del especialista, pensó ella, simple e inmediato, pero poco eficaz: “una ducha de agua fría”.
Psicólogo clínico de profesión, con la especialidad de sexología, por la consulta de Pablo Cortazares habían pasado en más de 15 años de ejercicio unos cinco mil pacientes. En su mayoría, mujeres, todavía reprimidas por las anclas de una cultura que nunca les ha permitido disfrutar de los placeres de esa liberación sexual que hoy se considera tan trasnochada. Si cabe, intuía el especialista después de tantos años de experiencia, estaba mucho más necesitado de terapia el género masculino que el femenino. Quizás eran ellos lo que no acababan de asimilar que sus parejas buscaban cotas de placer en el sexo, igual que cualquier otra especie animal, y sin ansias inmediatas de reproducción. La sexualidad, repetía una y otra vez el experto en su consulta, es una faceta indispensable en la biografía del individuo, como la vida misma o la muerte.
Estrella no sufría ningún tipo de trastorno. Era una joven con una situación familiar y laboral estable y con perfil cultural elevado. Sólo le corroían el inconformismo y la improvisación como normas absolutas de supervivencia –antídotos contra la rutina- tanto en su vida cotidiana como en el sexo. Sin embargo, Estrella no había encontrado a una pareja capaz de saciar sus deseos, de acompañarla en el viaje inagotable hacia el olimpo del erotismo.
Pablo tendió amablemente un pañuelo, incorporándose aprisa sobre la mesa de consulta para evitar que el desamor derramase más lágrimas. “Nos vemos la próxima semana a la misma hora”. La paciente asintió en silencio. “Qué sería de los psicólogos si también muere la sensibilidad femenina, si la frustración dejase de existir”, pensó una vez que la joven abandonó el despacho.
De camino a casa, dando vueltas una vez más a la conversación con Estrella, Pablo empezó a reconsiderar un proyecto olvidado desde hacía años en un cajón de la oficina. La psicología humana es compleja por naturaleza, pero si cabe las relaciones se complican todavía más con el enigmático planeta de la sexualidad. Pablo había publicado varios informes de reputado prestigio después de realizar arduas investigaciones en países de todo el mundo, pero aún le faltaba llevar a cabo el más ambicioso. El doctor necesitaba dar un paso más en su profesión para perfilar la terapia infalible que sentaría las bases contra la represión sexual. Aparcó el coche, subió aprisa por las escaleras para no esperar el ascensor, y sin más dilación desempolvó el informe abandonado en un archivo con apuntes de facultad.
Consistía en realizar un trabajo de campo a través de varios países, abarcando así un espectro social y cultural lo más amplio posible, manteniendo relaciones sexuales con varias mujeres elegidas según su perfil psicológico. Con diez sería suficiente y el ritual de apareamiento se modificaría según el caso, intentando poner a prueba los cimientos socioculturales de cada mujer según sus circunstancias, de modo que la exploración indagaría hasta el límite de su auténtico potencial sexual. En lo que a él concernía, bastaba con cerrar su despacho durante un mes y asumir distintas identidades para proteger su prestigio profesional y que nunca pudiesen ser descubiertos sus fines.